Cucarachas en la bañera
Por Clarisa Caraballo (Octubre, 2009)
Esa mañana me levanté bien temprano. Tenía una entrevista de trabajo y quería estar puntual y tranquila para generar una buena impresión. Lista para darme una ducha, abrí la cortina de la bañera y encontré dos cucarachas patinando en la superficie del porcelanato, que no abandonaron el lugar. La que si huyó rápidamente del baño fui yo, asqueada por la presencia de esas dos intrusas.
Existen personas que no matan a ningún ser viviente, ni siquiera a un mosquito, porque consideran que la naturaleza es sabia y que esos seres, por más desagradables o malignos que sean, tienen su razón de ser. A ese grupo pertenezco yo, pero lo mantengo en anonimato por la dificultad de ser comprendida por los otros. Así que calladita con mis razones, decidí invertir el orden de prioridades, desayunar primero y luego darme una ducha, con la esperanza que las cucarachas se aburrieran de la uniformidad de la loza y se retiraran del baño. Grande fue mi decepción cuando regresé al baño y ellas estaban allí, apostadas como gendarmes en terrenos limítrofes. Cómo último recurso abrí la ducha para que el agua las espantara, pero las miserables sólo abandonaron el piso de la bañera para refugiarse sobre las paredes. Ya no tenía demasiado tiempo para incorporar nuevas metodologías en mi lucha pacifica contra las cucarachas. De manera que me desvestí y con una mezcla de temor y asco, me metí bajo la ducha ante la mirada voyeurista de estos insectos. Mi baño fue apresurado, sin el placer que confiere el contacto del agua con el cuerpo y con el sólo objetivo de higienizarme. Lo que más me aterrorizaba era que ellas caminaran o volaran hacia mi cuerpo enjabonado, así que evitaba salpicarlas. Fue como desnudarme ante un enemigo, que solo observa pero no ataca, aunque con la amenaza latente. Finalmente salí de la ducha atravesando la aversión. Ya lista y arreglada para la entrevista, antes de salir, espié detrás de la cortina pero esas ingratas, habían desaparecido.
Milonga Sentimental (en honor a Pancho y Graciela)
Por Clarisa Caraballo
Envidiaba las piernas de mi primo Pancho: largas, flacas y muy movedizas que se entrecruzaban al compás del 2 x 4. De toda la parentela que en aquel entonces bailaban tango, Pancho era el mejor. Yo era un adolescente que visitaba bastante a menudo a mis primos más grandes que vivían todavía solteros en la casa de sus padres, en la calle Matheu en el barrio de Balvanera. En esas reuniones familiares, los observaba desenvolverse en la vida y en el baile, pero mis ojos se quedaban estupefactos mirando los pasos y la elegancia que portaba mi primo Pancho. Como me hubiese gustado parecerme a él, con esa estampa, la sonrisa seductora y el aire vanidoso y compadrito que destilaba su presencia, No había nadie como él, cuando desplegaba su histrionismo arrabalero y brillaba bailando al compás de Juan Darienzo y su orquesta.
El tiempo transcurrió, mis primos se hicieron adultos, se casaron, tuvieron hijos, algunos se separaron y otros se fueron de esta vida. Volví a ver a Pancho veinte años después, en una foto en la sección social de una revista de tango. Lo reconocí por sus largas piernas y su porte envidiablemente tanguero. Nos reencontramos en una cafetería de Independencia y Entre Ríos para retomar el hilo de la historia familiar.
Yo también había crecido, me había casado, había tenido una hija y también me había separado. Con el deseo de recuperar asignaturas pendientes, recorrí las milongas para desandar los pasos tangueros, que con cierta nostalgia me recordaban a mi primo, aunque sentía que me faltaba mucho para ser un buen bailarín de tango como él.
Pancho en cambio, como un Garufa”(1) de la época, nunca se había casado, a pesar que vivió muchos años con Luisa, con la cual tuvo a Mónica, su única hija. Su compromiso era el tango y cuando repiqueteaba en sus oídos el sonido del arrabal, se escapaba a la milonga. En una de esas fugas tangueras, conoció a Graciela, una hermosa mujer, que como “La Pulpera de Santa Lucía”(2), era rubia y “sus ojos reflejaban la gloria del día”(3). Ella había ido a bailar al Savoy acompañada de su madre. El quiso seducirla con sus “ochos y cortadas”(4) tangueras, pasos que nunca le fallaban, aquellos que alguna vez hicieron danzar a Beba Bidart, a Maria Nieves y a otras “percantas”(5), pero que con Graciela no alcanzaron para conquistar su corazón. Pancho vivía con Luisa y eso significaba una muralla para ella, que ni el mejor bailarín podía atravesar. El quedó embelesado con esa mujer difícil y bonita que no lograba cautivar. Había escuchado que Graciela y su madre partían el fin de semana hacia Mar del Plata, y como un “Patotero Sentimental”(6) previó un reencuentro casual en el Marplatense, el tren que partía todos los sábados para esa costa.
Aprovechando su buena racha económica, Pancho se hacía unas escapadas hacia Mar del Plata para probar suerte en el Casino y para desatar sus piernas rebeldes en las milongas de la zona. Cuando descendieron del tren, “casualmente” él se acerco a ella y a su madre para ayudarlas con el equipaje e invitarlas a tomar un café. Para llegar al corazón de Graciela, el supo conquistar el afecto de su madre y ese viaje fue el inicio de una larga camaradería entre los tres.
Pancho y Graciela compartieron durante años charlas y encuentros, aunque sin ser atravesados por los vericuetos del amor pasional, prevaleciendo la amistad sobre todos los deseos.
Un día Graciela conoció a un hombre soltero y creyó haberse enamorado. Al poco tiempo decidió casarse y Pancho fue invitado a la ceremonia, quien asistió escondiendo el latido de un corazón quebrado. Además, disimulando su pesar, participó de la serenata que se le entonó a la novia en la fiesta nupcial. Mucho tiempo transcurrió hasta que Pancho se enteró lo que le había sucedido a la novia al finalizar la boda. Una gran desilusión transformó las nupcias en un “corte y una quebrada” y ese matrimonio no llego a ser historia. Susurrando las estrofas “quiero emborrachar mi corazón para apagar un loco amor que más que amor es un sufrir”(7), Graciela volvió a “La casita de sus viejos”(8) sin ver nunca más a su incipiente y temporal esposo.
Mientras tanto Pancho, se había separado de su mujer y en el transcurso de su corta soltería, conoció a una “Muñeca Brava”(9) con quien se guareció en un “cuarto piso de un palacete central”(10).
Al cabo de unos años y como una canción arrabalera que insiste en ser cantada a lo largo de la historia, Graciela y Pancho se cruzaron nuevamente en la vera del ya conocido desencuentro amoroso: En esos tiempos, él tenía una nueva pareja y ella aunque estaba separada, se refugiaba en su trabajo. Como dos almas que bailan en secreto “Milonga Sentimental”(11), sus caminos parecían encapricharse y poner obstáculos para reencontrarse libres y desafiar tanto amor platónico.
Transcurrido un tiempo, las buenas épocas de plata dulce para Pancho se habían acabado y pronto caducó el nuevo amor del palacete central. Solo, con poco dinero y sin un “cotorro” (12) donde dejar sus cosas ni dormir, recordó a su “amiga” Graciela, que vivía sola en Lanús y le pidió auxilio para pasar tres días en su casa, hasta que consiguiera un lugar para hospedarse. Nunca más se separaron. Continuaron la amistad durante un tiempo hasta que por fin se animaron a reflejar en el espejo de la vida, lo que el destino les tenía preparado. El día en que sus vidas se entrecruzaron, Cupido se vistió de guapo y apropiándose de la garganta con arena del “Polaco”(13) , les entonó para ese público de dos: “Tú copa es ésta y nuevamente los dos brindamos por la vuelta; tu boca roja y oferente bebió del fino bacará. Después quizás mordiendo un llanto: -quédate siempre –me dijiste-, afuera es noche y llueve tanto…. Y comenzaste a llorar”(14).
Cuando me reencontré con mi primo Pancho y con mi “nueva prima” Graciela, me enteré que luego de diez años juntos, ellos se casaban y yo estaba invitado a la fiesta. Para homenajear este encuentro familiar, nos fuimos a la milonga que ambos frecuentaban. Allí descubrí, que esas piernas largas y movedizas de mi primo, seguían teniendo ese paso arrabalero y diferente, pero yo también había aprendido mucho de la vida, sobre todo a saberla bailar, igual que el tango.
Referencias:
(1) En lunfardo, Garufa significa diversión. Remite al tango homónimo, letra de Roberto Fontaina y Victor Soliño y música de Juan Collazo
(2) Vals cuya letra pertenece a Hector P. Blomberg y música de Enrique Maciel
(3) Remite a una parte de la letra del vals “La Pulpera de Santa Lucía”
(4) Pasos tradicionales utilizados en la danza del tango
(5) En lunfardo significa mujeres, amantes,
(6) Tango cuya letra pertenece a Manuel Romero y música de Manuel Jovés
(7) Se refiere a una estrofa del tango “Nostalgias”, cuya letra pertenece a Enrique Cadicamo y la música a J. C. Cobián
(8) Remite al tango “La Casita de mis viejos”, cuya letra corresponde a Enrique Cadicamo y música de Juan Carlos Covián
(9) Refiere al tango homónimo. Letra de Enrique Cadicamo y música de Nicolás L. Visca.
(10) Remite a una estrofa del tango “Muchacho”, letra de Celedonio E. Flores y música de Edgardo Donato.
(11) Milonga cuya letra pertenece a Homero Manzi y la música a Sebastian Piana
(12) En lunfardo significa habitación de soltero.
(13) Refiere al cantor de tangos Roberto Goyeneche.
(14) Parte de la letra del tango “Por la vuelta”, escrito por Enrique Cadicamo y musicalizado por José Tinelli.
La remera de Led Zeppelin
Por Clarisa Caraballo
Todos los viernes viajaba a Mar del Plata en el micro de las 22.05 de la empresa Chevalier y regresaba los lunes en el de las 07.10. Silvia aprovechaba los fines de semana para descansar, escaparse de la rutina y visitar a sus padres, que se instalaban desde los primeros días de diciembre hasta finales de marzo, en la casa de veraneo.
Silvia se había recibido de médica hacía unos años y estaba ejerciendo pediatría en el Hospital Fiorito. También atendía pacientes en forma privada en un consultorio en Belgrano, que sus padres le habían ayudado a instalar. Estaba sola, algo deprimida, había finalizado una relación tortuosa con un médico, que le llevaba diez años y estaba casado. A ella le gustaba el mar y la brisa marítima. Observar el movimiento del viento en los árboles, característicos de los bosques marplatenses, actuaba como sedante. Esos viajes semanales a la costa, la reponían y la alejaban de los recuerdos de su ex pareja.
Silvia recibió una invitación para un coctel con motivo de la inauguración de un nuevo sanatorio. Era importante asistir a ese evento para encontrarse con colegas y directivos que podrían representar nuevas fuentes de trabajo. El evento era un viernes y Silvia no quería suspender su viaje a Mar del Plata. Recurrió a la agencia de viajes habitual para cambiar el boleto y tomar un micro que partiera más tarde. El empleado de la agencia no consiguió cambiarle el boleto, era segunda quincena de enero y todos los asientos estaban vendidos, pero se comprometió llamarla en caso de una devolución o un cambio de pasaje. Tuvo suerte, en la mañana del viernes, recibió el llamado del empleado, solicitando que se acercara a la agencia. El pasaje pertenecía a un muchacho de unos veinte años, que llevaba una remera negra con inscripciones de Led Zeppelin. A Silvia esto le llamó la atención porque este grupo era su preferido de la adolescencia y el muchacho le resultaba muy joven para ser fan. Intercambiaron los pasajes y ella pudo asistir a su evento y viajar con destino a Mar del Plata en el micro de las 00.10.
El evento no había llenado sus expectativas. Había mucha gente pero pocos conocidos y no pudo relacionarse como a ella le hubiera gustado. Para peor se cruzó con su ex que estaba con su esposa. Silvia prefirió ignorarlo y distraerse con unas masitas vienesas mientras miraba el video de la presentación del sanatorio. No se quedó mucho tiempo, llegó a Retiro con bastante antelación. Pensó que podría haber alcanzado su antiguo micro y se maldijo por haber cambiado el pasaje.
Necesitaba cuanto antes, sentir la brisa, caminar por la arena y recorrer las escolleras marplatenses para volver a sentirse bien. Pensó en un momento, en el muchacho de la remera de Led Zeppelin y sintió envidia. El estaba más cerca de llegar a Mar del Plata mientras ella esperaba el micro, apoltronada en un banco de la estación terminal.
Cuando finalmente subió al ómnibus se sintió mejor y se quedó dormida. Luego de tres horas de andar por la ruta, el colectivo se detuvo. Silvia se despertó súbitamente y pudo ver a través de la ventanilla gente amontonada, algunos haciendo señas y gritando. No eran muy claras las imágenes que podía alcanzar a ver, pero parecía ser un accidente en la ruta. Subieron al micro unas personas que preguntaron si había médicos en el interior del coche. Ella sin pensarlo acudió al llamado. Un micro había volcado sobre el fango y con la oscuridad de la noche todo se hacía confuso. El desorden era abrumador ya que eran muchos los heridos y aún faltaban personas por rescatar dentro del micro y de ese lodo de barro, Silvia se acercó a un grupo de heridos que estaban alineados a un costado y con los pocos elementos médicos que portaba en su bolso, los empezó a asistir. Algunos estaban desmayados, otros con golpes, fracturas y contusiones, también con heridas cortantes. Todos estaban cubiertos de fango, lo que dificultaba mucho la tarea de socorrerlos. Silvia realizó los primeros auxilios a hombres, mujeres y también a niños, que luego fueron trasladados a un hospital cercano. Había varias personas que estaban paralizadas por el shock del accidente. Los que se encontraban ilesos, ayudaban en medio del caos. Uno de ellos la llamó con vehemencia. Había un muchacho rescatado que necesitaba atención urgente. Estaba asfixiado por el fango y Silvia trató de reanimarlo con respiración boca a boca y con golpes en el pecho. El muchacho no reaccionaba. . Insistió varias veces en su lucha desesperada por salvarlo pero fue inútil. Exhausta se quedo mirando al joven como “flasheada”. Con movimientos automáticos y sin pensar, comenzó a acariciarlo con sus manos, despejando el barro que aún quedaba sobre su cara y su cuerpo, descubriendo que la remera tenía escrito Led Zeppelin. Salió del flash cuando reconoció al muchacho: era el que le había cambiado el pasaje y también el destino. El, sin saberlo, le había salvado la vida y ella conmocionada, no lo había podido rescatar de la muerte.
Alquilar el Ego
Por Clarisa Caraballo
Sucedió en el 2004, después de haber regresado de un viaje a Brasil. Estaba necesitando un poco de dinero extra para difundir un nuevo medio de comunicación que había creado. Luego de meditarlo profundamente, me decidí a alquilar mi ego.
En esos momentos tenía una autoestima muy alta, me sentía exitoso tanto en los negocios como en las relaciones sociales y era un verdadero “ganador” con respecto a las mujeres. La idea de alquilar el ego se disparó cuando escuche a un cura decir que “el ego es el cadáver del yo”, en una charla sobre miserias y grandezas de la humanidad.
Puse algunos avisos clasificados en revistas del tipo “Uno Mismo”, con las fortalezas y ventajas de mi ego, mi teléfono y email. Recuerdo que el aviso decía más o menos así: -“Ego, zona Norte, bien constituido y excelente estado, impecable autoestima, se alquila entre 6 meses y un año, 36 años de sólida experiencia y comprobados éxitos”.
Recuerdo que tuve varios llamados y respuestas de email. Finalmente decidí alquilárselo a un tipo de San Isidro, que me contó que su ego estaba muy deteriorado. Había perdido mucho dinero en la crisis del 2002 y su mujer lo había abandonado. No sé porque, pero este hecho me hizo recordar la teoría barrial del Gran Buenos Aires, respecto a los que viven en la zona norte vs. los de la zona sur. Según dicen, los primeros necesitan egos más desarrollados y mejor constituidos que los del sur. Yo creo que esta particularidad geográfica se ve reflejada en lo que dice el filosofo Sergio Sinay: “el ego no es lo que somos sino lo que mostramos”. No me extraña que haya mayor exigencia social del “tener” y del “pertenecer” en las zonas de mayor poder adquisitivo y mejor nivel socioeconómico, como cuantitativamente es la zona norte del Gran Buenos Aires. Creo que mi ego resultaba muy interesante, porque contaba con comprobados éxitos personales, como mi origen privilegiado de nacer y vivir en Olivos, -del lado del bajo-; haber estudiado en el Northlands y tener un posgrado en Londres de un MBA. Parece que al señor que quería alquilar mi ego lo abrumó la nostalgia de sus días de gloria y debía recuperar su fe y su confianza. Finalmente, firmamos un contrato de alquiler de ego por 6 meses, con un depósito de garantía por un valor importante en dólares.
Los primeros días me sentí bien, no percibí grandes cambios, pero a medida que pasaban las semanas, comencé a percibirme extraño, como ir desnudo por la vida. La revista que había lanzado, no tuvo la repercusión ni las ventas que yo esperaba, a pesar de la publicidad. Las mujeres y los “huesitos” que pululaban en mi entorno, estaban como ausentes o directamente me respondían negativamente ante mis dotes de seductor. Tuve un fallido sexual, como en mi adolescencia, cuando no pude sostener una erección con una mujer que me tenía loco y estaba buenísima. Lo peor sucedió cuando una mañana al afeitarme, me mire al espejo y estaba vacío, no reflejaba mi cara ni mi cuerpo. Me asusté tanto que me costó respirar. Ese día me quede en la cama, a oscuras, la luz me quemaba los ojos. Permanecí varios días encerrado en mi habitación, esperando reponerme, pero me sentía cada vez peor. Con las pocas fuerzas que me quedaban, busqué un ego en alquiler que por lo menos me sostuviera, hasta que me devolvieran el mío. Me di cuenta que no hay ese tipo de prestaciones ni siquiera en Internet. En algunos momentos quise ignorar esa ausencia de ego, pero era imposible sostener la existencia, en un mundo donde la gente no sabe ni puede vivir sin “el mostrar y el tener”.
También deambulé en búsqueda de algún ego solitario o perdido que quisiera acompañarme, pero lo único que encontré fue soledad. Con el tiempo me convertí en tomador, algo así como un chupador de egos ajenos, o sea un “egodependiente”, pero al caer el día, la sensación de resaca era insoportable. Me preguntaba quien era y cual era la fuente de mi verdadera identidad, intentando tímidamente reconstruir mi propio yo, pero el síndrome de abstinencia al ego me estaba partiendo en dos. Recordé lo que mencionó el cura y hubiese dado todo lo que tenía por un cadáver de ego. Es más, recorrí los cementerios privados buscando algún ego de una almita en pena que anduviera pululando por sus jardines, pero parece que en ese tiempo, por una conjunción astral, las muertes humanas se consolidaban en combo completo: cuerpo físico, eterico, emocional, mental y astral,
Finalmente ante tantos fracasos, me abandone y al poco tiempo me enferme. No tengo mucha conciencia de lo que sucedió en esos meses, algunas imágenes pérdidas de un hospital, gente con guardapolvos azules o blancos, algunas caras amigas que me sonreían.
Un día apareció el tipo a quien le alquile mi ego. El contrato se había terminado y me lo devolvía. Con mi ego maltratado por otro, y bastante más gastado al de los días previos del alquiler, me empecé a recuperar. El fulano me dijo que no le fue tan útil como pensaba y que para la próxima prefería alquilar un ego más joven y con mayor apego a las cosas materiales. De todas formas ya no importaba su opinión. Volvía a ser yo mismo con mi propio ego, una mercancía que descubrí altamente necesaria para existir en este mundo. No me va tan bien como antes, estoy tratando de recomponerme económicamente. Mi chalet de Olivos lo tuve que vender y me compré un Ph en la zona de Avellaneda. Volví a tener algunas disfunciones sexuales, sobre todo en los encuentros casuales con mujeres, pero desde hace un tiempo, estoy saliendo con María, de Bernal. Tiene un ego de una simpleza notable, es poco afecto a la arrogancia y a la codicia y posee un buen feeback con el mío, que está bastante amortizado y golpeado. Pareciera que existe verdadera atracción entre ellos, ya que manifiestan interés en conocerse mutuamente. Quien sabe, en una de esas, estos egos, por sus particulares características de deterioro y bajo standard, nos permitan aflorar los verdaderos sentimientos. Todos sabemos que el amor aparece cuando el ego se adormece…pero hay algo que comprobé: no podemos vivir sin él.